Feeds:
Entradas
Comentarios

10.- HISTORIA DE LA IGLESIA…

El largo camino de la Reforma-5… reflexión final.

«UNA PUERTA ABIERTA»

La historia que constituye la sustancia de este libro concluye con una referencia a las muchas sectas y denominaciones religiosas, cuya existencia caracteriza el día presente. Debido a esto, puede que surja en la mente de algún lector interesado una sensación de aturdimiento, y un deseo de saber qué pasos debiera tomar. Es con el fin de indicar aquella luz o guía que el mismo Dios pueda haber dado proféticamente en las Sagradas Escrituras acerca de esta cuestión que se da esta sección adicional. A la luz de las propias palabras del Señor, «el que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios» (Jn 7:17), podemos tener la certeza de que Dios nunca dejará que un indagador sincero quede en la incertidumbre acerca de la verdad y de la luz que en todo momento debiera gobernar cualquier postura. Al apelar a la Palabra de Dios, se supone que el lector acepta inequívocamente su inspiración y autoridad, y que está dispuesto a permitir que la palabra tenga su pleno efecto sobre la conciencia, y que luego controle las acciones. En el espíritu de una indagación dependiente y seria, podemos entonces preguntar: «¿Qué dice la Escritura?»

En primer lugar, no se nos deja con ninguna duda acerca de que por negras que sean las tinieblas de los últimos días, lo que es de Dios permanece, y que nunca queda sujeto a fracaso ni deterioro alguno. Al registrar la triste ruina de la iglesia y el desmoronamiento de lo público, es de suma importancia reconocer esto. Las normas divinas son invariantes, y el Espíritu Santo de Dios (mencionado por el Señor como «el Espíritu de verdad,» Jn 15:26) está aquí para mantener todo lo que es de Dios, hasta la venida del Señor y la consumación de la historia de la iglesia sobre la tierra.

Pablo, Juan, Pedro y Judas se refieren todos a las condiciones de los últimos días, y todos, a su manera, se aferran a la luz sin sombras de la verdad divina frente a las tinieblas de la apostasía. Pedro, por ejemplo, en el segundo capítulo de su segunda epístola, describe el tiempo de apostasía con las palabras más solemnes, y sin embargo, en aquel mismo capítulo se refiere a «el camino de la verdad» (v. 2), «el camino recto» (v. 15), y «el camino de la justicia» (v. 21), como para destacar el hecho de que hay un camino incluso en medio de tales condiciones. Luego Pablo, en su segunda epístola a Timoteo, se refiere a los últimos y peligrosos días, pero da al mismo tiempo esta palabra: «Pero el fundamento de Dios está firme» y «Conoce el Señor a los que son suyos» (2 Ti 2:19).

Ahora bien, estas palabras del Apóstol Pablo, que deben traer consuelo al corazón de cada uno que ame al Señor Jesús, van de inmediato seguidas por esta palabra a la conciencia: «Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo». La cristiandad profesante es asemejada, en este pasaje, a «una casa grande», en la que hay vasos para honra y para deshonra, y si alguno quiere ser útil para el Maestro, este pasaje enseña que ello sólo puede ser purificándose a sí mismo, separándose de los vasos para deshonra. ¿Qué es entonces lo que se quiere decir por «apartarse de iniquidad» y por «separarse de vasos para deshonra»?

Está claro por pasajes de la Escritura como Lv 5:15 que la iniquidad en «las cosas santas del Señor» es tan solemne como la violación de los principios morales entre los hombres, y es lo primero cuyo verdadero carácter se tiene que discernir antes que se pueda obtener un entendimiento correcto de la iniquidad como Dios lo tiene o que uno pueda formarse un juicio acerca de ella. Cuando el Señor es presentado en Apocalipsis en Su gloria judicial, se dice de Sus ojos que son «como llama de fuego». Es así que Él observa lo que está aconteciendo en la iglesia, y siete veces repite: «Yo conozco tus obras». Necesitamos siempre tener esto presente si hemos de ser preservados de caer en el error de juzgar en base de las degradadas normas del hombre caído.

La intrusión de la mano del hombre en las cosas santas de Dios, con toda su extendida implicación en el cristianismo profesante, ha sido con justicia designada como iniquidad, y el llamamiento ahora es: «Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor» (2 Co 6:17). En palabras de J. N. Darby, «Dios está obrando en medio del mal para producir una unidad de la que Él sea el centro y manantial, y que reconozca de manera dependiente Su autoridad. Él no lo hace todavía por medio de la eliminación judicial de los malvados: él no puede unirse con los malos ni tener una unión que los sirva. ¿Cómo puede ser, entonces, esta unión? Él separa del mal a los llamados: «Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré». Ésta es la manera en que Dios reúne. Por cuanto existe el mal, no puede haber una unión de la que el Dios santo sea el centro y el poder, excepto por medio de separarse del mal. La separación es el primer elemento de la unidad y de la unión. … Separarse del mal es la consecuencia necesaria de la presencia del Espíritu de Dios bajo todas las circunstancias en cuanto a la conducta y la comunión».

De esta manera, J. N. Darby (discerniendo claramente el gran apartamiento del cristianismo profesante de la verdad y reconociendo humildemente su parte de responsabilidad), reconoció que la Escritura proveía una puerta abierta por la que escapar a las cosas que son a la vez inconsecuentes con la verdad y con la comunión a la que él era llamado como creyente. Por ello, se separó totalmente de todos los sistemas caracterizados por un orden humano o por un oficio clerical, o en los que se reconociera un vínculo sectario, y sus razones para ello están expuestas en los siguientes extractos de uno de sus escritos. Contienen ellos uno de los más solemnes alegatos contra el cristianismo profesante que jamás haya sido escrito, y merecen el cuidadoso estudio en oración por parte de todos los que se sienten ejercitados acerca del actual estado de la cristiandad:

«Después de haber estado convertido por seis o siete años, aprendí por enseñanza divina lo que dice el Señor en Juan 14: «En aquel día vosotros conoceréis … [que estáis] en mí, y yo en vosotros» —que yo era uno con Cristo delante de Dios—, y encontré la paz, y nunca, aunque con muchos fallos, la he perdido desde aquel entonces. La misma verdad me llevó fuera de la Iglesia Establecida. Vi que la iglesia estaba compuesta de aquellos que estaban así unidos con Cristo. … La presencia del Espíritu de Dios, el prometido Consolador, había entonces llegado a ser una profunda convicción de mi alma en base de las Escrituras. Esto pronto fue de aplicación al ministerio. Me dije a mí mismo: Si Pablo viniera, no podría predicar; no tiene cartas de orden; si el más acerbo oponente de su doctrina viniera, y las tuviera, tendría derecho a predicar, en base del sistema. No se trata de un hombre malo que pueda infiltrarse (esto puede suceder en cualquier lugar): es el sistema en sí. El sistema está mal. Pone al hombre en lugar de Dios. El verdadero ministerio es el don y poder del Espíritu de Dios, no la designación humana. … Creo yo que el «Concepto del Clérigo» es el pecado contra el Espíritu Santo en esta dispensación. No quiero decir con esto que alguien lo esté cometiendo voluntariosamente, sino que la cosa en sí misma es así con respecto a esta dispensación, y tiene que resultar en su destrucción. La sustitución de otra cosa en lugar del poder y de la presencia de aquel Espíritu santo, bendito y bendiciente, es el pecado que caracteriza a esta dispensación.»

Posteriormente, muchos han sido llevados a emitir un juicio similar y, aceptando el carácter autoritativo de la Palabra de Dios, se han separado de todo lo que no es conforme a ella.

Este procedimiento está notablemente establecido como un tipo en Éxodo 32 y 33. El pueblo de Dios, en aquel tiempo, se había separado ya de aquello que se correspondía con el mundo (Egipto), pero había caído en el pecado de idolatría al adorar el becerro de oro. Dios mismo había sido desplazado en las mentes y en los afectos de Su pueblo; Su ira había ardido contra ellos, y había hablado a Moisés de consumirlos. Frente a todo esto, Moisés (un hermoso tipo de Cristo) se puso en pie a la entrada del campamento, y llamó a todos los que estuvieran del lado del Señor a que acudieran a su lado. Pero se precisaba de algo más que el reconocimiento de la autoridad del Señor; porque el propósito del corazón se había de traducir en un movimiento concreto, y Moisés procedió a levantar la Tienda de Reunión fuera del campamento. La puerta quedaba abierta así para que todo el que buscara a Jehová saliera a Él allí.

Toda esta instrucción tipológica es transportada a nuestra dispensación, y queda muy conmovedoramente vinculada con la muerte de Cristo, como se dice en Hebreos 13:12, 13: «Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio». ¿Podría acaso ninguna exhortación afectar más a una conciencia sensible?

Así, el primer paso tiene que ser tomado en relación con el Señor mismo. La separación tiene que ser a Él y con la disposición a caminar, si es necesario, en solitario. Pero la palabra en Timoteo sigue diciendo: «sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor» (2 Timoteo 2:22). Al entrar en un camino recto según los principios divinos, el creyente es contemplado como encontrando de inmediato a otros que invocan al Señor de puro corazón. Así pueden caminar juntos en los vínculos de una comunión feliz y santa, y por cuanto este camino está claramente abierto a todos los creyentes que estén dispuestos a reconocer la instrucción escrituraria de 2 Timoteo, es posible y correcto decir que no se ha tomado ningún terreno sectario. Es de gran importancia reconocer esto, porque el establecimiento de una nueva secta o sistema sólo añadiría a la confusión y negaría la verdadera unidad de la iglesia de Cristo. Los que caminan de esta manera no pretenden ser «la» iglesia, sino que tratan de andar a su luz, reconociendo que «el fundamento de Dios está firme» y que lo sigue estando, y que todo lo que Pablo estableció de manera pública (y a lo que se refirió como «mandamientos del Señor») sigue estando en existencia. Aunque en medio del pueblo de Dios se han hallado el error y el fracaso, todos los principios divinos que gobiernan la asamblea en lo externo y en lo interno pueden funcionar hoy en día en la práctica a pesar del estado de debilidad.

Es por la aceptación de un camino de separación de todo lo que no es consecuente con la verdad de Dios, o de donde se estorba la libertad del Espíritu Santo, que los cristianos de hoy pueden encontrar el camino divino de salida de toda la admitida confusión y que pueden en consecuencia conocer el gozo de estar a disposición del Señor Jesús y de tener parte en la alabanza y el culto de Dios en la asamblea.

Se dan hoy en día todas las indicaciones de que estamos en los días finales de la cristiandad. La iglesia está muy cercana al final de su peregrinación aquí en la tierra y está a punto de ser arrebatada para encontrarse con el Señor en el aire. El santo privilegio de ministrar gozo a Su corazón en este que es aún el tiempo de Su rechazamiento ya ha casi acabado. Los días de dar testimonio de un Cristo rechazado en la tierra y de un Cristo exaltado en la gloria pronto habrán acabado. La historia pública está a punto de consumarse y la cristiandad profesante —como abominable para el Señor— está para ser escupida de su boca. Que cada lector cristiano examine su corazón, su posición y sus asociaciones a la luz de estos hechos solemnes, porque, ¿cuál debería ser la posición de los que desean guardar la palabra del Señor y no negar Su nombre? Es para éstos que se da la provisión de la gracia del Señor: «He aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta (Ap 3:8). Las instrucciones en la Escritura son claras y explícitas; ¿tenemos nosotros el deseo y el valor de caminar de acuerdo con ellas?

Anuncios

El Movimiento Evangélico

A fin de evaluar correctamente los varios movimientos religiosos del siglo diecinueve, es necesario considerar tanto aquellos cuyas influencias y efectos han sido fácilmente discernibles para el público en general como aquellos movimientos menos visibles que resultaron de las obras de destacados ministros de la Palabra de Dios que rehuyeron la publicidad. Si consideramos en primer término los movimientos más públicos, encontramos los frutos morales del avivamiento Wesleyano expresado en el movimiento «Evangélico» encabezado por hombres como William Wilberforce y Lord Shaftesbury, que interpretaron en acciones políticas, como la abolición de la esclavitud y unas medidas generales de reforma, las llanas y literales enseñanzas de la Escritura. Estos hombres fueron una fuerza moral genuina en sus tiempos. En oposición parcial a esta influencia, se desarrollo el movimiento «Anglocatólico» o «Movimiento de Oxford», bajo el liderazgo de J. H. (después Cardenal) Newman, E. B. Pusey y J. Keble. A estos se les llamó «Tratadistas» porque publicaron tratados en los que impulsaban a los clérigos a la defensa de sus órdenes y argüían que sólo suscribiéndose a la teoría de una iglesia católica indivisible podrían preservar sus posiciones y derechos. Este movimiento fue a su vez resistido por clérigos evangélicos como Charles Kingsley y F. D. Maurice, que junto con Thomas Hughes constituyeron el movimiento «Socialista Cristiano» de la década de 1860. Todos estos movimientos suscitaron mucha controversia pública, pero tuvieron en general muy poco efecto moral permanente en el pueblo.

El cristianismo y la ciencia en conflicto

Una agitación mucho más profunda fue la causada cuando la ciencia entró en conflicto con el cristianismo. En 1830 Sir Charles Lyell publicó sus «Principios de Geología». Al dejarse de observar la gran discontinuidad temporal entre el primer y segundo versículos de la Biblia, sus argumentos fueron aceptados por muchos como constitutivos de un reto válido a la enseñanza de las Escrituras acerca de la cuestión de la creación, y el espíritu de escepticismo generado por los críticos altos y bajos recibió un ímpetu adicional desde esta fuente. Esta tendencia fue intensificada con la publicación en 1859 de la obra de Charles Darwin El Origen de las Especies, y de El linaje del hombre en 1871. Aunque estas teorías han sido invalidadas por posteriores descubrimientos científicos, tuvieron en aquel tiempo el efecto de sacudir la confianza de millones de personas en la autoridad de las Sagradas Escrituras, y son mayormente responsables de la general apatía hacia la Palabra de Dios y de la ignorancia acerca de la misma que existe en la actualidad.

El Ejército de Salvación, fundado en 1878

Otro desarrollo público que merece mención fue la formación del Ejército de Salvación en 1878 por William Booth. Éste fue un poderoso movimiento evangélico que tenía la intención de recuperar a borrachos y a otros, inmersos en los vicios del siglo, mediante la ferviente predicación del simple evangelio. En tanto que el movimiento estuvo sustentado por la fe en Dios y por la adhesión a sus motivos originales, tuvo gran éxito. La idea del fundador era la de revestir a cada convertido con un uniforme que lo marcara públicamente como discípulo de Cristo. Esto frecuentemente llevó a acerbas persecuciones contra los convertidos, pero era ocasión de un testimonio vivo del poder del evangelio. Con el paso del tiempo se desvaneció el fervor evangelístico, y el movimiento se hundió al nivel de una organización de auxilio social, gobernado por líderes designados bajo el criterio de su capacidad organizativa.

La verdad en la penumbra

Podemos pasar ahora a algunos de los desarrollos más desconocidos, pero profundamente importantes, de la vida espiritual en el siglo diecinueve. A principios de aquel siglo, el doctor Augustus Neander, un judío alemán convertido en su juventud al cristianismo, estaba enseñando en la Universidad de Berlín acerca de las grandes verdades del cristianismo a audiencias electrizadas. Era hombre de gran erudición y basaba su ministerio puramente en la Palabra de Dios; actuando de esta manera, avivó muchas importantes verdades que habían quedado oscurecidas durante siglos. Vio claramente que no había autoridad escrituraria para un clero que ejerciera un oficio mediador entre Dios y los hombres, y mantuvo que todos los cristianos eran sacerdotes en virtud de ser habitados por el Espíritu Santo, y de tener entrada al lugar santísimo de la presencia de Dios. Sin embargo, no inició ningún movimiento para dar realidad a estas enseñanzas, y se contentó con enseñar en la Universidad. En Suiza y en Francia el doctor J. H. Merle d’Aubigné (que había sido discípulo de Neander en Berlín) siguió una línea algo similar de enseñanza, y dedicó mucho tiempo a recopilar su vasta Historia de la Reforma.

John N. Darby, 1830

En Inglaterra e Irlanda comenzó un movimiento simultáneo entre personas totalmente desconocidas entre sí. Hubo una obra independiente del Espíritu de Dios en los corazones y en las conciencias de muchos fieles seguidores de Cristo, entre los que se podrían mencionar específicamente a John N. Darby, Edward Cronin, John G. Bellet, Anthony N. Groves y George V. Wigram. J. N. Darby, erudito de considerable fama y abogado, fue convertido mediante la lectura de las Sagradas Escrituras. En sus años tempranos aceptó un subrectorado protestante en el sur de Irlanda, pero más tarde quedó muy impresionado por la verdad de que la Cabeza de la iglesia era Cristo glorificado, de lo que dedujo que debía haber un organismo en la tierra, un cuerpo espiritual, en el que Su condición de cabeza debía ser expresado. El llamado de esta verdad lo llevó a salir de sus conexiones eclesiásticas, como Abraham en la antigüedad, que, llamado por Dios, obedeció saliendo sin saber a donde iba (He 11:8). Al mismo tiempo, otros hombres eran similarmente movidos, por el estudio de la Escritura, a juzgar el sistema sacerdotal como inicuo, por cuanto todos los cristianos son llevados al mismo lugar de cercanía y libertad para con Dios por el Evangelio, y por recibir el don del Espíritu Santo vienen a ser miembros del Cuerpo de Cristo. Por ello, todo sistema regido por un sacerdote oficial niega la primera de estas verdades cardinales, y cualquier asunción de derechos exclusivos de ministerio niega la segunda.

El reconocimiento de estas verdades capitales llevó a estos cristianos a dejar aquellas asociaciones que las negaban, para reunirse en toda sencillez para participar de la cena del Señor tal como había sido establecida por el mismo Señor y siguiendo la enseñanza inspirada del Apóstol Pablo. Reconocieron la presencia personal del Espíritu Santo y Su disposición soberana de poder como el canal para el ministerio de la Palabra de Dios, mientras que las Escrituras fueron reconocidas como el único criterio infalible de la verdad y del error. Este movimiento, que comenzó en Dublín y en el sur de Inglaterra alrededor de 1832, pronto se extendió con considerable rapidez por medio de la predicación del Evangelio y del ministerio de la Palabra. Así surgieron por toda Inglaterra y en Francia, Suiza, Alemania, y por todos los países de habla inglesa del mundo, reuniones constituidas en base de la aceptación del principio de que la separación de la iniquidad era la única verdadera base para la unidad.

El avivamiento del verdadero carácter de la iglesia

El hecho de que esta obra comenzó simultáneamente, aunque de manera independiente, por muchas partes del mundo, demostró, como había sucedido trescientos años antes durante la Reforma, que el mismo Dios estaba obrando. Las notas clave de este avivamiento eran el llamamiento distintivo y celestial de la iglesia (o asamblea) y la consiguiente necesidad de la separación del mal —tanto eclesiástico como moral—, mientras que la sencillez y el gozo de los primeros tiempos de la historia de la iglesia fueron avivados en muchas pequeñas reuniones.

Las personas que se reunían de esta manera no asumieron una posición pública, y permitieron ser llamados simplemente por el nombre de «hermanos». Al aceptar esta designación, no lo hacían en ningún sentido más estrecho que el comunicado por las palabras del mismo Señor: «Uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos». No iniciaron nada nuevo, ni tampoco trataron de reformar nada. Sencillamente reconocieron que la asambea seguía ahí, y que formaban parte de ella, a pesar de la ruina pública.

La verdad, comprometida

Pero con el paso del tiempo, las verdades y principios que gobernaban a J. N. Darby y a otros no fueron mantenidas por todos los que profesaban tomar el terreno de separación de la Iglesia Establecida y de las denominaciones, y han surgido varias crisis entre los «Hermanos». La verdad de Cristo y de la asamblea, al no ser mantenida en poder espiritual, llevó a diferencias de opinión y pronto se reveló la presencia de algunos que estaban dispuestos a aceptar una norma inferior o contemporizaciones. Había, por ejemplo, los que mantenían que la asamblea en su aspecto universal se había vuelto invisible, y que nada quedaba ahora sino establecer asambleas locales, cada una de ellas completa en sí misma, y sin responsabilidad para con otros grupos similares. Cada una de ellas sería así libre de recibir a cada creyente individual, suponiendo que fuera perfectamente sano en la fe, sin tener en cuenta las asociaciones a las que pudiera estar vinculado. La verdad de la asamblea en su unidad general —tan enérgicamente mantenida por J. N. Darby— perdió entonces su lugar debido, se abrió de par en par la puerta a la contemporización con el mal, y el curso del testimonio durante los últimos cien años ha estado repetidamente marcado por conflictos. No obstante, el movimiento original, que siguió al avivamiento de la década de 1830, se ha mantenido y expandido entre muchos que buscan humildemente y con la energía de la gracia divina «contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos».

El resultado de este conflicto por la fe y de la actividad de Satanás en su intento de corromper la verdad se puede observar hoy en todas partes, con la existencia de docenas de diferentes asociaciones religiosas. Es uno de los hechos más humillantes y penosos que tales condiciones deban caracterizar los últimos días de la historia de la iglesia.

La ruina pública de la iglesia y la pequeñez y debilidad externas de aquellos en ella que buscan mantener la palabra del Señor y no negar Su nombre, se hacen tanto más evidentes cuando los contrastamos con las grandes entidades apóstatas, las cosas del mundo, sean civiles o eclesiásticas, que están creciendo en fortaleza y magnificencia externas según se va aproximando su día del juicio. Pero todo ello está en conformidad con la profecía inspirada. Las exaltadas pretensiones de la gran apostasía están vívidamente exhibidas en las páginas de la Sagrada Escritura, mientras que no hay ninguna promesa en el Nuevo Testamento de que la iglesia vaya a recuperar su consistencia y hermosura antes de su arrebatamiento.

Ésta, pues, es la posición que nos confronta en el período presente de la historia pública de la iglesia, y, desde luego, la finalización de esta historia no puede retardarse ya mucho. En palabras de otro, la iglesia está a punto de pasar de sus ruinas a su gloria, mientras que el mundo va de su magnificencia a su juicio.

HISTORIA DE LA IGLESIA…

El largo camino de la Reforma-3

La predicación de Latimer

Sin embargo, lo que Tyndale estaba haciendo de manera silenciosa lo llevaba a cabo Hugh Latimer con sus sermones. Latimer había sido un partidario tan firme de Roma en sus primeros años que los papistas creyeron que Lutero había por fin encontrado su igual, pero cuando llegó el tiempo de Dios, la visión de Latimer quedó en el acto transformada. Convertido de manera notable durante la confesión de uno de sus penitentes que había abrazado la verdadera fe cristiana, Latimer actuó tan denodada y valerosamente en su denuncia de las doctrinas de Roma como antes lo había sido para mantenerlas. Las amenazas de los obispos fueron inútiles, y sus sermones fueron empleados para iluminar a muchas almas. Además, el mismo rey Enrique VIII, que (aunque sólo para sus conveniencias domésticas) estaba tratando de sacudirse el yugo de Roma, apoyó la predicación de Latimer. Lo superficial que era este interés de Enrique se verá más adelante; lo cierto es que tan sólo hacía pocos años lo había sometido todo al Papa, y fue el Papa quien concedió a Enrique VIII el título de «Defensor de la Fe», por haber escrito contra las doctrinas de Lutero. Sin embargo, los papistas no estaban dispuestos a dar un respiro a Latimer, y, siendo llamado ante el obispo de Londres bajo una acusación de herejía, fue excomulgado y encarcelado.

La influencia de Cranmer

Fue durante esta época que Thomas Cranmer salió a la luz pública. Aunque era superior a Latimer en erudición, le iba a la zaga en lealtad a Cristo, y pasó mucho tiempo antes que mostrara la suficiente resolución para librarse de las redes del papismo. El consejo de Cranmer a Enrique VIII con respecto a su divorcio de Catalina de Aragón le atrajo el favor del rey, y fue designado para la Sede de Canterbury. Aunque empleó su autoridad para lograr la liberación de Latimer, la obra de la Reforma no prosperó tanto como hubiera podido esperarse con Cranmer en este alto cargo. Desde luego, no apoyó la quema y la tortura de los herejes, pero era demasiado tímido para tratar de suprimir tales prácticas, que continuaron de manera alarmante. Fue el mismo Enrique el responsable de esta cruel persecución. Aunque era Romanista de corazón, y se gloriaba en todo el ritual, rehusó aceptar la supremacía del Papa, refugiándose en la posición independiente que había adoptado como cabeza de la iglesia en Inglaterra.

Enrique VIII persigue a los reformadores

El rey y el clero llegaron a un acuerdo de un carácter de lo más infame. El rey les dio autoridad para encarcelar y quemar a los reformadores siempre que ellos le ayudaran a rescatar el poder que había sido usurpado por el Papa. En 1540 esta persecución iba a recibir un nuevo empuje con la aparición de los famosos Seis Artículos. La causa ostensible de esta malvada ley era promover la unidad de los súbditos de Enrique en cuestiones de religión. En realidad, se trataba de un sutil medio para poner a los protestantes fuera de la ley. Así, lo que sucedió fue que la rotura sólo se hizo más grande. Condenaba a muerte a todos los que se opusieran a la doctrina de la transubstanciación, de la confesión auricular, a los votos de castidad y a las misas privadas, y a todos los que apoyaran el matrimonio del clero y dar la copa a los laicos. Cranmer empleó toda su influencia, e incluso arriesgó del desagrado del rey, para impedir su aprobación, pero todo en vano. El partido Romanista seguía siendo poderoso, y el temperamento del rey se hizo más violento que nunca. Latimer fue echado en la cárcel, y cientos de personas pronto le siguieron.

La benéfica influencia de Eduardo VI

Al morir Enrique VIII, Eduardo VI accedió al trono de Inglaterra con la noble ambición de hacer de su país la vanguardia de la Reforma. Como era sólo un niño de nueve años en el momento de su coronación, el Duque de Somerset —un genuino protestante— fue designado como protector del reino. El primer uso que hizo Somerset de su autoridad fue abolir los odiosos Seis Artículos, y, hecho esto, dirigió su atención a otras reformas, siendo la más significativa el levantamiento de la prohibición de la lectura de las Escrituras. El joven rey mismo no se mostró remiso a encabezar estas acciones, y no menos de once ediciones de la Biblia fueron publicadas durante su breve reinado.

Con la ejecución del Duque de Somerset y la muerte de Eduardo a la temprana edad de dieciséis años, las perspectivas para los protestantes parecían muy amenazadoras, y de manera particular cuando María accedió al trono, porque era católica fanática. Bajo la malvada conducción de algunos de los agentes de Roma, María consintió al deseo del parlamento de abolir la innovación religiosa que Cranmer y Somerset sobre todo habían introducido, y restauró el culto público en sus viejos usos.

Martirio de Latimer y Cranmer, 1555—1556

Como era de esperar, no tardó en seguir la persecución, y Latimer y Cranmer fueron quemados en la hoguera. ¡Pobre Cranmer! Timorato e inestable como siempre, falló en la hora de la prueba y negó la fe. Pero, siempre objeto del amor de Dios y de la gracia restauradora de Cristo, fue recuperado, y exhibió una fortaleza en la hora de la muerte que más que compensó por el débil testimonio de su vida de claroscuros. Pero Dios iba a intervenir en breve, y el paso de la corona de María a Elisabet señaló la restauración del protestantismo.

El establecimiento de la Reforma bajo Elisabet

Poco es el crédito que se le debe dar personalmente a Elisabet por esto. Ha sido descrita como una reina sin corazón y casi sin conciencia. Podía ser todo para todos, y a causa de su vanidad fue incluso peligrosamente parcial en favor de mucho del ritual de la iglesia de Roma. Sin embargo, lo indudable es que la Reforma quedó establecida bajo su reinado y sobre una base más firme y amplia que jamás antes.

La Reforma en Escocia

La Reforma, al llegar a Escocia, era una necesidad vivamente sentida, porque la riqueza de las órdenes monásticas se había hecho enorme, y sólo podía equipararse con la codicia y el libertinaje de los clérigos, mientras que la vida del pueblo estaba bajo la pesada carga de las exacciones de los sacerdotes. En Escocia, como en Inglaterra, la Biblia fue enfáticamente la gran maestra de la nación, aunque los nombres de Patrick Hamilton y de George Wishart siempre estarán asociados con la Reforma en aquel país. Los dos fueron intrépidos en la predicación de la verdad, y sellaron su fiel testimonio con su sangre.

Limitaciones de la Reforma

Es quizá deseable en este momento pasar a repasar muy rápidamente las limitaciones y fallos de la Reforma, siempre dando la debida honra a la notable cadena de fieles testigos que Dios suscitó para llevar a cabo aquella magna obra. La doctrina de la Reforma expuso que Cristo murió para reconciliar a Su Padre con nosotros. «Una enunciación,» como ha dicho J. N. Darby, «totalmente errónea, confundiendo el nombre de relación en bendición con Dios en Su naturaleza; enseñando lo que la Biblia no enseña, afirmando ellos que la obra de Cristo era reconciliar a Dios con nosotros, y cambiar Su mente». La verdad de la proyección del amor de Dios con la libre y espontánea acción de Su gracia y naturaleza estaba ausente de la teología de los reformadores y de sus credos. Ellos tenían que «es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado», y creían en su eficacia; pero no tenían el concepto de «porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito». Además, predicaban la justificación por la fe para la liberación de las almas, pero al establecer un sistema enseñaron que el perdón de los pecados era obtenido mediante regeneración bautismal, y luego se torturaron tratando de conciliar ambas cosas. La Reforma nunca fue más allá de la verdad de la justificación por medio de la muerte y resurrección de Cristo. La formación de la asamblea en relación con Cristo ascendido y el Espíritu Santo enviado desde el cielo, y la segunda venida de Cristo —primero para recibir a Sus santos y luego para juzgar al mundo— no fueron ni tocadas.

La aplicación de la justificación por la fe —una verdad verdaderamente preciosa en sí misma— era, naturalmente, dirigida al individuo, y este mismo hecho resultó en la transferencia de poder e importancia de la iglesia al individuo. La idea de la iglesia como dispensadora de bendición fue rechazada; y todo hombre fue llamado a leer la Biblia por sí mismo, a examinarla por sí mismo, a creer por sí mismo, a ser justificado por sí mismo, a servir a Dios por sí mismo, por cuanto debía responder de sí mismo. El pensamiento recién nacido de la Reforma —siempre correcto, pero mucho tiempo negado por el Romanismo— era, primero bendición individual, luego la constitución de la iglesia. Pero lamentablemente el verdadero concepto de la Iglesia de Dios se perdió entonces de manera total, y no fue recuperado hasta los inicios del siglo diecinueve. Hasta adonde habían llegado, los reformadores estaban en lo cierto, pero al perderse de vista el puesto y obra propios del Señor en la asamblea por el Espíritu Santo, los hombres comenzaron a unirse y a erigir unas llamadas iglesias según sus propias ideas.

Iglesias independientes

Rápidamente se iniciaron una gran variedad de iglesias o sociedades religiosas en muchas partes de la cristiandad, efectuando cada país su propia idea en cuanto a cómo debía constituirse y ejercerse el poder eclesiástico. Esta diferencia de opinión resultó en los cuerpos nacionales e innumerables cuerpos disidentes, todos independientes entre sí, que siguen viéndose por todas partes. La mente de Cristo en cuanto al carácter y la constitución de Su iglesia parece haber sido totalmente pasada por alto por los líderes de la Reforma en su insistencia en el gran principio de la fe individual.

Con este sumario en mente acerca del resultado de la Reforma, podremos narrar tanto mejor la historia de la iglesia, en particular en Inglaterra, durante los 280 años entre el establecimiento de la Reforma y la recuperación de la verdad de la asamblea a principios del siglo diecinueve.

El Concilio de Trento, 1545

Será sin embargo oportuno decir aquí que en lo fundamental el carácter del Romanismo quedó sin cambios a pesar de la Reforma. Incluso se aprovechó de las aguas revueltas, que liberaron a millones de almas de su servidumbre, para enunciar una clara confesión de su fe. Esto tuvo lugar en el Concilio de Trento, y aunque se establecieron cánones, o artículos de fe, que eran esencialmente de carácter apóstata, las decisiones doctrinales a las que se llegó en aquel tiempo han sido desde entonces consideradas como el sumario autoritativo de la fe Católicorromana.

Los Puritanos

Fue durante el reinado de Elisabet que germinó el movimiento Puritano. El partido puritano, encabezado por el obispo mártir Hooper, objetaba enérgicamente contra los hábitos y vestimentas que estaban ordenados para el culto, y muchos rehusaron ser consagrados en vestiduras llevadas por el obispo de la iglesia de Roma. Elisabet, como ya hemos mencionado, aunque opuesta al papismo, deseaba retener tanto como fuera posible de exhibición y pompa, y así surgió una considerable oposición entre la corte y el partido puritano. Estas diferencias se agravaron cuando la reina ordenó el mantenimiento de una uniformidad exacta en todos los ritos y ceremonias externas. Ello tuvo como resultado el que una multitud de ministros piadosos fueran expulsados de sus iglesias, y que se les prohibiera predicar en cualquier otro lugar.

Presbiterianos e Independientes

Frente a tanta persecución, estos puritanos excluidos se constituyeron en un cuerpo, y, con el nombre de No Conformistas, fueron aumentando rápidamente en número. Cuando las vestiduras fueron en general echadas posteriormente a un lado, desapareció la razón de la disensión, pero los puritanos posteriores fueron más lejos que sus originadores, y contendieron no sólo contra las formas y las vestiduras, sino contra la misma constitución de la Iglesia de Inglaterra. Esto tuvo como resultado la formación de dos grandes partidos, los Presbiterianos y los Independientes. Los primeros consideraban a todos los ministros en cónclave como al mismo nivel en rango y función, mientras que los últimos, repudiando a la vez el episcopado y el presbiterio, mantenían que cada congregación debía dirigir sus propios asuntos y escoger sus propios cargos, con independencia de toda autoridad humana.

Intentos de restaurar la prelatura

Con los sucesivos reinados de Carlos II y de Jacobo II, se hicieron decididos esfuerzos por restaurar la prelatura con todo su ceremonialismo papista, y cundió una gran ansiedad en cuanto a si la Reforma en Inglaterra iba a mantenerse o a caer, pero, por la gracia de Dios, el corazón de la nación era demasiado sanamente protestante para someterse, y el enemigo fue derrotado. Jacobo II abdicó, y el trono fue ocupado por María y Guillermo, Príncipe de Orange. Bajo su influencia, el trono del Reino Unido fue puesto sobre una base rigurosamente protestante, mientras que, al mismo tiempo, los fieles Convenanters escoceses iban a ver el Establecimiento Presbiteriano firmemente arraigado en su país.

Avivamientos tras la Reforma

Por cuanto la posición pública de la iglesia permanece muy similar en la actualidad a como estaba bajo el reinado de Guillermo, esta recapitulación histórica queda prácticamente concluida. Sin embargo, hemos observado antes que Dios siempre se ha preservado un testigo y testimonio fieles a la verdad aparte de la profesión pública, y que nunca quizá se ha visto ello de manera más notable que durante estos últimos años que hemos estado repasando, y particularmente durante los últimos cien años. Por ello, debemos referirnos brevemente a algunas obras independientes de Dios, muchas de las cuales fueron características de los siglos dieciocho y diecinueve. El siglo dieciocho estuvo marcado por un avivamiento del arte y de la literatura, y debido a la comodidad y el lujo que llegaron a ser el principal interés de los ricos parece que se dio poco interés a vivir las verdades del cristianismo.

La alta y baja crítica

Lo cierto es que cuando la erudición invirtió sus energías en cuestiones religiosas, hacia fines de aquel siglo, se apartó del principio de la fe por el cual se han de comprender todas las actividades de Dios, e introdujo un sistema de la crítica que hizo de la erudición y de la mente puramente racional el criterio por el que se debía juzgar del origen y autoridad de las Escrituras. Este movimiento comenzó en Alemania y en otros lugares, propiciado por académicos reconocidos que, en sus escritos, arrojaron dudas sobre la autoridad de la Sagrada Escritura. Los que pusieron en duda la exactitud textual de la Palabra fueron llamados «críticos bajos», y los que suscitaron cuestiones acerca de la credibilidad o paternidad de los libros de la Biblia fueron llamados los «críticos altos». Los efectos de este movimiento, uno de los más sutiles que Satanás haya inventado para minar la autoridad de la Palabra de Dios, se extendieron rápidamente por Inglaterra, con perniciosas consecuencias, y la apatía que existe en la actualidad en las mentes de la mayoría con respecto al cristianismo puede remontarse, más o menos directamente, a este ataque contra las Escrituras.

Los Metodistas

Mientras se llevaban a cabo estos intentos por derribar el puro cristianismo echando dudas sobre la autoridad de la Palabra de Dios, el Señor estaba preparando a Sus siervos escogidos para otro avivamiento de la verdad y una mayor expansión del Evangelio. Este avivamiento iba a verse primero en las actividades de los célebres Juan y Carlos Wesley. Con la luz del verdadero evangelio resplandeciendo en sus corazones, comenzaron a celebrar reuniones privadas para el avance de la piedad personal. Lo estricto de sus vidas y lo regular de sus costumbres fue la razón de que se les diera posteriormente a sus seguidores el título de «metodistas». Al ir creciendo la obra, Jorge Whitefield, un predicador de gran capacidad, se unió a Juan Wesley, y siendo ambos clérigos de la Iglesia de Inglaterra, comenzaron a predicar por las iglesias el evangelio simple y llano. Pero la verdad del perdón y de la salvación por la fe en Cristo sin obras humanas meritorias era demasiado sencilla y escrituraria para que pudiera ser tolerada. La Iglesia Establecida, que sólo podría mantenerse fuerte en tanto que siguiera con energía espiritual aquella verdad que la había llevado a la confrontación con el papado, había sucumbido a la indolencia, a la ignorancia y a los lujos que eran la marca de aquella época, y pronto se vio en un conflicto con los avivadores, y les cerró los púlpitos. Excluidos así, se vieron obligados a predicar al aire libre, y sus predicaciones fueron empleadas por Dios para rescatar a las gentes de las profundidades de las tinieblas morales, llevando a miles tanto en Inglaterra como en América a los pies de Jesús. Carlos Wesley, que era menos fuerte de carácter que su hermano Juan, pero posiblemente más afectado interiormente por la gracia de Dios, fue el compositor de los himnos de aquel movimiento, y muchos de sus himnos están en uso constante hasta el día de hoy. (Nota 6.)

Mientras Carlos escribía himnos y Whitefield predicaba el evangelio, Juan devino el organizador del movimiento, y al conseguirse fondos y propiedades para la obra, insistió en un control autocrático de la organización. Al principio autorizó predicadores laicos, pero posteriormente se arrogó el derecho de ordenar clero, y su sistema, por tanto, fue tan estrechamente alineado al Anglicanismo como el de las iglesias reformadas lo estaba con el de Roma. Como resultado, no podía recibirse más luz de la verdad de Dios que la que su sistema permitiera que se expresara funcionalmente, y esto los limitó al perdón de los pecados y a las buenas obras. Un río no puede levantarse a mayor altura que su fuente, y por cuanto la fuente de este movimiento estaba en un gran reformador y no en el mismo Dios, no es sorprendente que al morir los Wesleys siguiera un deterioro gradual en su carácter, y cismas que le hicieron perder su significado público, hasta que encontró su nivel entre las muchas denominaciones de la cristiandad.

Establecimiento de las misiones extranjeras, 1792

No podemos entrar en los detalles de otros avivamientos más locales durante el siglo dieciocho, pero se puede hacer mención de pasada, en este tiempo, de varias sociedades misioneras extranjeras, especialmente por las actividades de Guillermo Carey, así como por la inauguración de Escuelas Dominicales para niños.

El estado filadelfiano y laodicense de la Iglesia

Fue aquel un período de considerable actividad evangélica, e indudablemente fue muy bendecido por Dios. Fue todo claramente parte de la obra preliminar general anterior a la aparición de lo que podría ser designado como el estado filadelfiano de la historia de la iglesia, en el que aquellos que mantuvieron la palabra del Señor y no habían negado Su nombre siguieron el fiel cortejo de los reformadores y de los puritanos. Todo esto en contraste con el estado externo de la cristiandad profesante. Laodicea marca la fase final de la historia de la iglesia como testimonio colectivo de Dios, y se caracteriza no por error doctrinal o caída moral, sino por su tibieza y satisfacción propia.

<!–[if !mso]> <! st1\:*{behavior:url(#ieooui) } –>

7.- HISTORIA DE LA IGLESIA……

El largo camino de la Reforma-2

El efecto de la Palabra de Dios en Alemania

Desde luego, aseguró que la base de la Reforma fuera la Palabra de Dios, y no meramente las palabras de Lutero. Las Sagradas Escrituras —durante mucho tiempo encadenadas más allá del alcance de las almas sedientas— eran ahora accesibles para todos. La oposición que esto suscitó en la Roma papal sólo expuso su inconsistencia, porque el poder de la Palabra tenía que ser reconocido por aquellos que en la práctica negaban su autoridad.

Las buenas nuevas de la Reforma se esparcieron por todas partes. Había llegado su hora, aunque parecía surgir una enorme oposición contra ella desde todos los rincones. De nada le sirvió a Roma lanzar sus anatemas, aunque lo hizo en inútil cólera. Sus palabras cayeron en oídos sordos y en corazones preparados por Dios para recibir en su lugar las verdades emancipadoras que la doctrina de los reformadores les dieron. Hubo predicadores arrestados, torturados y martirizados, pero de nada sirvió. La Biblia estaba en manos del pueblo, y la resistencia era inútil.

La primera Dieta de Spira, 1526

Para este tiempo, los tres príncipes más poderosos de Europa, Enrique VIII, Carlos V y Francisco I, los soberanos respectivos de Inglaterra, Alemania y Francia, se unieron en alianza con el Papa para la supresión de los perturbadores de la religión católica. Pero el consejo convocado en la Dieta de Spira tuvo un resultado inesperado. En lugar de entregar a los reformadores a discreción de Roma, ¡dio gracias a Dios por haber avivado, en su tiempo, la verdadera doctrina de la justificación por la fe! A pesar de esta derrota, y frente a muchos de sus nobles que favorecían la Reforma, el emperador de Alemania convocó tres años después una segunda Dieta de Spira, en la que exigió el sometimiento de los príncipes alemanes a la original fe católica. Pero el emperador ya no podía ejercer una autoridad suprema en cuestiones tocantes a la iglesia, y el consejo se mostró de nuevo dividido. Para llevar el asunto a una conclusión, se promulgó un decreto que incluía las exigencias del emperador, y éste fue firmado por los nobles católicos. Pero el partido reformado de la Dieta se mostró a la altura de las circunstancias, y, como un solo hombre, protestaron contra la decisión del consejo.

El comienzo del Protestantismo

Éste fue el inicio del Protestantismo y del período de Sardis en la historia de la iglesia. La Reforma había tomado forma corporativa. En la Dieta de Worms fue Lutero en solitario quien dijo «No»; pero fueron iglesias y ministros, príncipes y pueblo, los que dijeron «No» en la Dieta de Spira.

El error del Protestantismo

Se debe registrar con dolor en este momento que muchos cristianos, al escapar del papado, cayeron en el error de poner el poder de la iglesia en manos del magistrado civil, o de hacer de la misma iglesia el depositario de este poder. Ya hemos señalado la forma trágica en que esto se vio en el caso de Zuinglio. Satisfechos así acerca de su propia seguridad, pronto se establecieron en sus nuevos privilegios en un lamentable estado de inercia espiritual, recordándonos las palabras del Señor a Sardis: «Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto». Así, el protestantismo erró eclesiásticamente desde su mismo comienzo, porque miraba al gobernante civil como aquel en quien residía la autoridad eclesiástica. El péndulo había oscilado casi hasta el otro extremo, de manera que, en lugar de la iglesia gobernando al mundo, el mundo vino a ser el gobernante de la iglesia.

La Confesión de Augsburgo, 1530

Cuando los protestantes fueron convocados por el emperador de Alemania para que dieran cuenta de sus actividades y de sus razones para abandonar la fe católica, redactaron (bajo la dirección de Lutero y de Melancton) una clara enunciación de sus doctrinas, que fue presentada en la Dieta de Augsburgo. En los caminos de Dios, se dio a los protestantes una recepción mucho más favorable que lo que jamás se hubiera esperado, y muchos firmes partidarios de Roma tuvieron que inclinarse ante las convincentes palabras y artículos de fe de los reformadores. Esta puede ser considerada como la ocasión en la que la Reforma quedó definitivamente establecida en Alemania.

Lutero era considerado por la multitud como poco menos que un Papa, y parecería que tendía a caer bajo la influencia de ello, porque se ha dicho que al menos en una ocasión incluso sacrificó los intereses del evangelio para el mantenimiento de su propia autoridad. Además, Lutero nunca pudo liberarse enteramente de los estorbos del papado, y la doctrina de la presencia real de Cristo en la Eucaristía fue un dogma al que se aferró hasta el fin. Esto le implicó en una acerba controversia con el gran reformador suizo Zuinglio, al que la doctrina de la transubstanciación le causaba horror. Pero era demasiado terco para dejarse convencer, aunque los argumentos de Zuinglio eran claros y convincentes, e incluso rehusó estrechar la mano tendida de Zuinglio.

Los años finales de Lutero

Lutero perdió mucho por su obstinación, y casi parecía que ya se desvanecía la estrella de la vida del gran reformador; pero el Señor añadió otros quince años a la vida de Su amado —aunque frecuentemente errado— siervo, durante el cual tiempo sirvió fielmente de palabra y pluma en la consolidación de la gran obra que le había sido confiada.

La Reforma en Europa

Habiendo examinado con cierto detalle la historia de la Reforma en Alemania y Suiza, y tras haberla visto firmemente establecida en estos países bien antes de la muerte de Lutero en el 1546, es necesario hacer una mención expresa de la Reforma en algunos de los otros países de Europa. El hecho de que una obra similar surgiera en varios países distintos aproximadamente al mismo tiempo sólo añade más prueba —si es que se necesitara de pruebas— de que esta gran obra fue de Dios.

Juan Calvino

La Reforma en la Suiza Francesa ya ha sido mencionada en el contexto de su relación con Juan Calvino. Su nombre y el de Guillermo Farel están inseparablemente relacionados con la Reforma en la Suiza Francesa y en la misma Francia. Tan fiera y explícita fue la condena que Calvino hizo de Roma que fue considerado como un enemigo más peligroso e implacable que Lutero. Con un cuerpo débil y enfermizo y en una vida relativamente breve, llevó a cabo una gran obra, pero, por lo que a la verdad respecta, fue más allá que Lutero, y cayó en un error positivo, especialmente acerca de los sufrimientos de Cristo.

La persecución contra los hugonotes

En Francia, el martirio de los cristianos, o Hugonotes, como fueron llamados los protestantes franceses, fue extremadamente severo. La historia de sus sufrimientos, en particular en la noche de la terrible matanza de San Bartolomé en 1572, es bien conocida, y ésta constituye, quizá, la matanza más malvada y desalmada que jamás haya sido perpetrada, y, como se debe añadir para su vergüenza eterna, Roma mostró un estridente gozo al recibir la noticia de que 100.000 personas inocentes habían muerto.

Unas condiciones igualmente trágicas prevalecieron en otros países europeos al avanzar la Reforma, pero con los mártires del siglo dieciséis sucedió como había sucedido con los cristianos primitivos: la fidelidad de los mártires tan sólo fortaleció la obra del avivamiento.

La Reforma en Inglaterra

La Reforma en Inglaterra demanda un comentario más detallado, aunque está entretejida de manera inseparable con la historia secular de la época. Habían pasado casi doscientos años desde los tiempos de Wycliffe, pero la chispa que él había prendido nunca se había desvanecido, y, en el siglo dieciséis, iba a manifestarse como una llama resplandeciente e inapagable.

William Tyndale

La primera figura destacable después de Wycliffe en la Reforma Inglesa fue William Tyndale. Se manifestó públicamente en un momento en que el Cardenal Wolsey, un implacable representante de Roma, estaba ejerciendo una maligna influencia sobre el país. Su exhibicionismo lujoso de riqueza y ritual estaba casi introduciendo una especie de papado en Inglaterra. Sus pretensiones eran tales que en la época en que el Papa envió una bula de excomunión contra Lutero, ¡Wolsey también le envió a Lutero una suya! Pero Wolsey se excedió, porque el celo con el que denunció los escritos de Lutero sólo sirvió para atraer la atención hacia ellos, y tendió a despertar el adormecido interés de los ingleses y para prepararlos para las doctrinas de la Reforma. La obra de Tyndale, aunque de enorme significación, fue mayormente desconocida, y, al sufrir el martirio a los cuarenta y ocho años de edad, su vida de fiel testimonio no fue larga. En medio de una constante oposición, que le llevó a huir de Inglaterra, Tyndale, ayudado por su compañero reformador Miles Coverdale, finalizó una traducción de la Biblia. Su aceptación fue enorme, porque el pueblo estaba sediento de ella. En un tiempo increíblemente corto se difundieron copias desde las costas del canal hasta los límites de Escocia. En Inglaterra, quizá en mayor grado que en el Continente, la Reforma fue llevada a cabo por la Palabra de Dios. Esto es significativo, porque en Inglaterra no aparecieron hombres destacados como Lutero, Zuinglio o Calvino.

6.- HISTORIA DE LA IGLESIA…

El largo camino de la Reforma

El albor de la Reforma

Parece característico de los caminos de Dios que Él permita que el mal llegue a su culminación antes de intervenir en juicio. Lo cerca que llegara el mal de su colmo en el siglo quince sólo lo sabe el Juez de toda la tierra. Todo el sistema parecía irremisiblemente corrompido, mientras que el Papa (que prefiguraba al hombre de pecado) estaba casi usurpando el puesto de Dios. Que quedara suspendido el juicio divino sobre tal escena para que la luz de la Reforma la iluminara es verdaderamente una muestra culminante de la longanimidad y gracia de Dios. Aunque la luz plena del día del reformador iba a resplandecer en la persona de Martín Lutero en los primeros años del siglo decimosexto, los primeros rayos pálidos del amanecer se vieron claramente más de cien años antes del nacimiento de Lutero. Una obra tan tremenda no podía llevarse a cabo en un momento, y Dios estaba preparando constantemente el camino para ella debilitando el poder del Papa sobre los gobiernos humanos, y en general sobre las mentes de las gentes, suscitando hombres capaces e íntegros para denunciar los males de Roma.

Dos pontífices en guerra entre sí

Fue para esta época que reinaron simultáneamente dos Papas, pero el antagonismo entre ellos llegó a tal punto que el pontífice de Roma proclamó la guerra contra el pontífice de Aviñón. Esta insultante inconsecuencia, junto con la terrible matanza que siguió, debilitó más la influencia del papado, empleando así Dios un elemento desintegrador dentro del campo del enemigo para acelerar su caída.

Juan Wycliffe

Juan Wycliffe ha sido con justicia descrito como la Estrella Matutina de la Reforma. De hecho, fue el primer reformador de la cristiandad, el Lutero de Inglaterra. Pero no había llegado todavía el tiempo del avivamiento. Sus mordientes críticas contra Roma, en las que no vaciló en tildar al Papa de Anticristo, atrajeron sobre su cabeza un torrente de anatemas.

La traducción de la Biblia al inglés, 1380

Pero Wycliffe era amado por el pueblo. Se interesaba en el bienestar de las gentes, les predicaba el sencillo evangelio, y tradujo la Biblia a un lenguaje que podían comprender. Para el tiempo de su muerte en 1384 sus seguidores eran conocidos por el nombre de lolardos, se habían hecho muy numerosos, y se encontraban entre todas las clases de la sociedad. Negaban la autoridad de Roma y mantenían la total supremacía de la Palabra de Dios. Como podía esperarse, una vez se desencadenaron las acciones del Vaticano (porque los frailes habían dado información al Papa en cuanto a lo que estaba sucediendo), no iban a detenerse hasta la supresión de los incorregibles herejes.

Persecuciones contra los Lolardos

La accesión de Enrique IV al trono de Inglaterra le dio a Roma su oportunidad. Engañado por los testimonios falsos de los frailes acerca de pretendidas prácticas revolucionarias de los lolardos, Enrique consintió que fueran perseguidos violentamente; desde aquel momento, y durante casi un siglo, ardieron las hogueras de la persecución en Inglaterra. Se pueden mencionar específicamente los nombres de John Badby y de Lord Cobham entre los que sufrieron fielmente el martirio durante aquel período.

Juan Huss y el avivamiento de Bohemia, c. 1400

Pero en tanto que la obra de Dios estaba siendo consolidada de esta manera, en lugar de exterminada, por la persecución desatada en Inglaterra, estaba surgiendo una notable obra de avivamiento en Bohemia, particularmente en las personas de Juan Huss y de Jerónimo de Praga. Ambos confesaron abierta y denodadamente su simpatía por todo lo que Wycliffe había escrito, y fueron a su vez acusados como herejes y quemados. El martirio de ellos, en lugar de limpiar Europa de las herejías de Wycliffe, inflamó las mentes del pueblo bohemio, de manera que se desató una guerra civil. Pero incluso esto resultó para bien, porque tuvo como resultado en un gran crecimiento de los llamados husitas. Hubo otros a los que Dios suscitó durante este período, como John Wessel, el tenor de cuya enseñanza estaba opuesto a los caminos y máximas de Roma. Según iba aproximándose la Reforma, se multiplicaban las voces que proclamaban la verdad.

Las primeras Biblias impresas

Antes de llegar a la historia de Lutero, podemos mencionar la impresión de la Biblia en este crítico período de la iglesia. La invención de la imprenta y la fabricación de papel a partir de trapos viejos durante la última parte del siglo quince resultó en la impresión y circulación de copias de la Biblia. Los traductores comenzaron entonces su trabajo, y la Biblia fue traducida por reformadores individuales a varias lenguas en el curso de unos pocos años. Así, apareció una versión italiana en 1474, bohemia en 1475, holandesa en 1477, francesa en 1477, y española en 1478, como si fueran heraldos de la inminente Reforma.

Martín Lutero

Es tarea difícil dar un breve sumario de la vida y multiformes actividades de Martín Lutero de modo que se pueda dar un justo tributo a su gran obra y preservar, al mismo tiempo, un equilibrio en cuanto a sus faltas. «Veo en Lutero,» escribió J. N. Darby, «una energía de fe por la que millones de almas debieran estar agradecidas a Dios. Y yo puedo en verdad decir que lo estoy». No pueden abrigarse dudas de que nadie ha sido más usado por Dios durante todo el período entre la muerte de los apóstoles y la recuperación de la verdad de la asamblea en la primera parte del siglo diecinueve.

El estado de la iglesia en la época de la Reforma

Se tiene que recordar que en la época del surgimiento de Lutero, la malvada introducción por parte de Roma de un plan de salvación basado en penitencias o indulgencias, en lugar de la doctrina de la justificación por la fe, había llegado a unas proporciones espantosas, y daba enorme provecho a aquella culpable iglesia. Estos ingresos pasaban por las manos de los sacerdotes en cada ciudad y pueblo, y en la mayoría de los casos la maldad e inmoralidad de los sacerdotes mismos era notoria. Por ello, difícilmente puede sorprenderse nadie ante la insatisfacción que se extendía rápidamente en los corazones de hombres de todas clases. En el lado positivo, el testimonio fiel de los precursores había dejado una impresión tan indeleble que miles de almas piadosas tenían una premonición de que iba a tener lugar algún gran avivamiento. Todo lo que se necesitaba era un hombre que fuera suscitado por Dios para conducir, aconsejar y controlar, y estas cualidades estaban personificadas en Lutero.

Los primeros días de Lutero

Lutero, en cumplimiento de un voto para consagrar su vida al servicio de Dios, dejó la universidad a los 22 años y se hizo monje. Su diligente estudio de las Escrituras lo llevó a su profunda convicción de pecado, y trató repetidas veces, pero en vano, de reformar su vida. Sus esfuerzos y mortificaciones fueron tan fervientes e intensos como infatigables, pero no surtieron efecto, e incluso lo aproximaron a las puertas de la muerte. Lutero estaba ciertamente aprendiendo lo amargo de aquella falacia que pronto sería llamado a destruir. Pero no estaba destinado a permanecer oculto en un oscuro convento. Después de haber estado dos años en el claustro, fue ordenado sacerdote, y un año después de esto fue nombrado profesor de filosofía en la Universidad de Wittenberg. Fue entonces que surtió en su alma un poderoso efecto el famoso texto «el justo por la fe vivirá». Cuando resplandeció la luz divina en Lutero, y se convirtió verdaderamente a Dios, era todavía un esclavo de Roma, y no fue hasta haber visitado la ciudad papal que comenzó a darse cuenta de sus corrupciones y a ser sacudido de su adhesión a ella. El mal y la profanidad que Lutero observó en Roma hicieron una profunda impresión en él. Volvió a Wittenberg lleno de dolor e indignación y continuó refutando fielmente el error entonces prevalente de las iglesias de que los hombres podían, por sus obras, merecer la remisión de los pecados. La firmeza con la que Lutero se apoyó en las Sagradas Escrituras impartió una gran autoridad a su enseñanza, y se hizo evidente que no se podía seguir evitando el fatal choque con Roma.

Lutero condena abiertamente las indulgencias, 1517

Este choque fue ocasionado por la visita a Wittenberg de John Tetzel, un notorio traficante en indulgencias. «Os daré cartas,» decía Tetzel, «todas debidamente selladas, mediante las que incluso los pecados que tenéis la intención de cometer os serán perdonados. No hay pecado tan grande que no pueda ser remitido con una indulgencia. Sólo pagad bien, y todo os será perdonado». Así era la malvada y blasfema enseñanza de Tetzel, y en pocas ocasiones encontró a hombres suficientemente ilustrados, y más raramente aún suficientemente valerosos, para enfrentarse con él. Lutero, sin embargo, no dudo un momento en condenar a este osado impostor, y, no satisfecho con sus prédicas públicas, fue tan lejos como para clavar sus famosas tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg. No sólo sirvieron estas tesis para denunciar y condenar la inicua práctica de las indulgencias, sino que también se profesó por primera vez la doctrina evangélica de la remisión gratuita de los pecados, sin ayuda alguna de ninguna absolución humana. Esto tuvo lugar el 31 de octubre de 1517. El efecto fue electrizante, y las noticias se esparcieron como un incendio por toda Europa. Se tiene que observar, sin embargo, que Lutero distinguía entre el dogma de las indulgencias y la enseñanza general del papado. Estaba convencido de que lo primero era erróneo; pero no estaba liberado aún en cuanto a lo segundo. Por esto, sus tesis tienen todavía un fuerte sabor de catolicismo. Este hecho explica la aparente indiferencia con la que Roma recibió las primeras noticias de Wittenberg y el hecho de que transcurrieran casi tres años antes que Lutero recibiera la bula de excomunión del Papa. Lo que tuvo lugar en el alma de Lutero durante este período quizá nunca se sabrá. Fue objeto de muchos ataques, mientras que desde todas partes se lanzaban contra él vituperios y acusaciones; incluso sus más entrañables y fieles amigos expresaban sus temores y desaprobación ante su actuación. Él había esperado que se unirían a él los dirigentes de la iglesia y los más distinguidos académicos, pero todo fue de manera muy distinta a lo que se había imaginado. Se sintió solo en la iglesia y solo contra Roma. No es sorprendente que se sintiera agitado y desalentado y que comenzaran a formarse dudas en su mente. Tal como él mismo escribió después: «Nadie puede saber lo que sufrió mi corazón durante aquellos dos primeros años, la desesperanza en que me hundí … porque en aquel tiempo desconocía muchas cosas que ahora, gracias a Dios, conozco».

Lutero excomulgado en 1520

Pero la buena mano de Dios estaba detrás de todo ello, porque la gran obra que Él había comenzado no iba a ser torcida por un desaliento temporal del agente humano que Él había escogido soberanamente para su promulgación. Al resplandecer más luz en el alma de Lutero, su fe y aliento aumentaron, y se hizo más evidente su distancia entre su enseñanza y la de Roma. Gracias al sabio consejo del Elector de Sajonia, verdadero amigo de Lutero desde el comienzo hasta el final, fue esquivado un llamamiento para hacerle comparecer ante el Papa en Roma. Esta doble herejía ocasionó el desencadenamiento de la tormenta, pero su fe en sus propias convicciones era entonces tan fuerte que cuando finalmente llegó la bula de excomunión, Lutero la quemó públicamente, y declaró que el Papa era el Anticristo.

La Dieta de Worms, 1521

Roma parecía impotente, y, dándose cuenta de la gravedad de aquel desafío, apeló al poder temporal, a Carlos V, Emperador de Alemania, para que suprimiera a aquel problemático hereje. Pero la solitaria voz de Wittenberg no iba a ser fácilmente silenciada, porque para este tiempo la mayor parte de Alemania estaba de corazón con Lutero. Además, sus escritos estaban extendiéndose rápidamente en todas direcciones, y parecía como si Europa estuviera esperando el resultado de la inminente confrontación. Aunque advertido por muchos de sus amigos y por masas del común de la gente, Lutero, poniendo sin embargo su confianza en Dios, decidió acudir a la Dieta de Worms, para responder allí, delante del mismo Carlos, de las acusaciones que habían sido presentadas contra él. Inmutable delante del emperador y de toda una corte de duques, príncipes, condes y obispos, Lutero habló con una calmada dignidad que sólo podía provenir de mucha lucha privada en oración con Dios. (Nota 3.) Reconoció, de manera sencilla, el montón de escritos sobre la mesa como suyos propios, y rehusó retractarse de ellos.

Lutero denuncia a Roma

Pero Lutero no podía limitarse a una mera defensa de lo que ya había escrito. En los términos más duros e irrefutables denunció públicamente todo el sistema del papado e incluso apeló al emperador para que no permitiera que sus súbditos se dejaran seducir por tal sistema. «No puedo,» añadió Lutero, «someter mi fe ni al Papa ni al concilio, porque está tan claro como el mediodía que ambos han errado frecuentemente y se han contradicho entre sí. … Aquí estoy. Nada más puedo hacer. ¡Que Dios me ayude. Amén!»

Para profundo disgusto de Roma, Carlos pareció quedar influido por la fe genuina del reformador, y tan sólo consintió a un edicto de destierro. Su propio temor a Roma le impidió hacer menos. Habiendo de esta manera perdido su presa, el malvado poder de Roma trató de asesinar a Lutero, pero el buen Elector de Sajonia lo protegió, y, durante la temporal calma que siguió, Lutero, como preso dentro de la seguridad del castillo de Wartburg, pudo dedicar su atención a la traducción de la Biblia.

Zuinglio y la Reforma Suiza

Mientras todo esto sucedía en Alemania, se estaba gestando otra obra de Dios igualmente notable y totalmente independiente en otro lugar de Europa. Tuvo lugar en Suiza, y el instrumento escogido por Dios fue Ulrico Zuinglio, que era sacerdote de Roma. Lo mismo que Lutero, Zuinglio había abierto los ojos pronto a los lamentables males del papado, y, simultáneamente con esto, gracias a la sabia enseñanza del célebre Thomas Wittembach, aprendió la importante doctrina de la justificación por la fe, y se dio cuenta, para su asombro, de que la muerte de Cristo era la única redención de su alma. Al profundizar en este conocimiento mediante el cuidadoso estudio de las Escrituras, Zuinglio expresó abiertamente sus ideas acerca de las cuestiones eclesiásticas, y miles iban a oírle. Su mensaje era nuevo para sus oyentes, y él lo expresaba en un lenguaje que todos podían comprender, y el pleno y claro evangelio que él predicó tuvo resultados eternos. Era grande su fe en el poder convertidor de la palabra, aparte de cualquier esfuerzo del hombre por explicarla, mientras que sus respuestas apacibles y modestas a menudo desarmaban a sus adversarios. A este respecto, contrasta notablemente con el rudo y tormentoso Lutero. Se debería observar que Zuinglio comenzó a predicar el evangelio un año antes que el nombre de Lutero hubiera siquiera llegado a Suiza, de modo que, como dijo él mismo, «no fue de parte de Lutero que aprendí la doctrina de Cristo, sino de la Palabra de Dios».

Diferencias entre Lutero y Zuinglio

Sin embargo, había una interesante diferencia entre las enseñanzas de estos dos destacados reformadores. Zuinglio mantuvo abiertamente que todas las observancias religiosas que no pudieran ser halladas en la Palabra de Dios, o demostradas por ella, debían ser abolidas. En cambio, Lutero, deseaba mantener en la iglesia todo lo que no fuera directa o expresamente contrario a las Escrituras. Incluso quería quedarse unido a la iglesia de Roma, y se hubiera contentado con purificarla de todo lo que estaba opuesto a la Palabra de Dios. La idea del reformador suizo era la restauración de la iglesia a su simplicidad original. No daba autoridad absoluta a nada que hubiera sido escrito o inventado desde los tiempos de los apóstoles.

Avances en Suiza

A su debido tiempo, el Papa recibió las alarmantes noticias del movimiento en Suiza, pero en lugar de hacer tronar sus anatemas contra Zuinglio, como había hecho —y seguía haciendo— contra Lutero, cambió de táctica, escribiéndole a Zuinglio una carta muy halagadora, ofreciéndole todo lo que estaba en su mano excepto el trono de San Pedro. Pero Zuinglio no desconocía las argucias de Roma, y no dejó de darse cuenta del sutil intento de acallar su voz. Al haber rechazado la mano tendida, pero engañosa, del Papa Adriano, la Reforma en Suiza fue ganando terreno, dando Dios abundantes pruebas de Su mano poderosa en la gran obra. Se aprobó un decreto para la abolición de las imágenes, fue abolida la misa, y se acordó que la Eucaristía debía ser celebrada en conformidad a su institución por Cristo. Más notable aun, y quizá el golpe más terrible de todos para Roma, fue la conversión de muchas de las monjas, y su petición al gobierno para que se les permitiera abandonar el convento. De esta manera, y principalmente como fruto de las inagotables tareas de Zuinglio, las doctrinas de la Reforma se extendieron con increíble rapidez, y al cabo de pocos años el culto reformado estaba firmemente establecido en los tres grandes centros de Zurich, Basilea y Berna.

El error de Zuinglio y su muerte, 1531

Pero lamentablemente Zuinglio pareció incapaz de esperar hasta que el poder atrayente de la gracia de Dios trajera a todo el país bajo la influencia de la fe reformada. Aunque seguía siendo un sincero cristiano y ferviente reformador, accedió a asumir el carácter de un político, lo cual, a su vez, lo llevó a tomar las armas para defender la verdad que tan querida le era a su corazón. El resultado fue desastroso. Zuinglio mismo, como capellán del ejército, cayó muerto en batalla.

Revés en Suiza

La Reforma en Suiza quedó así tan lamentablemente apartada del buen camino que la restauración del papismo comenzó de inmediato. Pero los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables, y aunque la obra en Suiza quedó temporalmente frenada debido a la infidelidad humana, iba a ser establecida más firmemente que nunca pocos años después por medio de Juan Calvino.

La traducción de la Biblia por Lutero

Volviendo a Alemania, todo parecía llamar a Lutero a gritos. Y él oyó este clamor en la soledad de Wartburg, y no lo pudo resistir. Diez meses después de la Dieta de Worms, puso su vida en el fiel de la balanza, y aunque seguía estando bajo el interdicto del emperador (como resultado de lo cual cualquiera que lo reconociera podría prenderlo) volvió a Wittenberg. Seis meses después su traducción del Nuevo Testamento fue impresa y dada al mundo. Fue recibida con gran entusiasmo y no menos de cincuenta y tres ediciones fueron impresas sólo en Alemania durante los primeros diez años de su publicación. Con la ayuda de Melancton, el íntimo amigo y fiel colaborador del reformador, poco después se añadió el Antiguo Testamento, y se ha dicho que el don de Lutero a sus compatriotas de la Biblia en su propia lengua hizo más por la consolidación y dispersión de las doctrinas reformadas que todos sus otros escritos juntos.

5.- HISTORIA DE LA IGLESIA…

El siglo XII y la InquisiciónTestigos fieles en el siglo doce

A pesar de esto, el siglo doce vio las actividades de otros hombres piadosos además de Bernardo, y constituye un ejemplo trágico del poder cegador del papado el hecho de que Bernardo considerara generalmente a estos fieles testigos como herejes. De entre estos pretendidos herejes se pueden mencionar en particular a Pedro de Bruys y a Pedro Waldo. Sus actividades fueron similares en cuanto a que denunciaron abiertamente la corrupción de la iglesia dominante y los vicios del clero. Waldo fue el que llegó más lejos de los dos. No sólo renunció a aquel sistema religioso como anticristiano, sino que predicó el sencillo evangelio, y, al traducir los Evangelios a la lengua del pueblo, puso la Biblia en manos de los laicos, hecho éste que provocó el interdicto del Papa, excomulgándolo de la iglesia.

Tomás Beckett y el papado en Inglaterra

La sinopsis del desarrollo histórico del siglo doce no estaría completa sin una breve mención de la larga pendencia entre Enrique II de Inglaterra y Tomás Beckett, Arzobispo de Canterbury. De hecho, se trataba del viejo conflicto entre la Iglesia y el Estado, la misma batalla que había sido librada entre Enrique de Alemania y el Papa Gregorio, pero que esta vez se daba en suelo inglés. Tomás Beckett, un inflexible vasallo de Roma, se opuso violentamente a los deseos del rey de poner a raya el crecimiento del poder papal en Inglaterra, y no vaciló en actuar como traidor contra el rey para alcanzar sus fines. Esto se hizo evidente cuando Enrique y sus barones establecieron un código para la protección de sus súbditos de las arbitrariedades del clero. Beckett, inmediatamente después de haber puesto su firma a estas leyes, las violó apelando a Roma, y luego, bajo la promesa de la indulgencia papal, rehusó reconocerlas en absoluto. Siguió a esto una larga y acerba lucha entre Enrique y Beckett, pero este último, renunciando a todos sus títulos y cargos oficiales, y retirándose a la posición de un monje austero y mortificado, pronto se ganó las simpatías de las gentes supersticiosas. Y así sucedió que cuando Beckett fue asesinado, más o menos por inducción del rey, que el rey fue acusado de tirano irreligioso, y Beckett recibió culto como santo martirizado. Este desafortunado incidente y la consiguiente humillación del rey, que tuvo que dirigirse en humilde peregrinaje a pie a la tumba de Beckett para ser allí azotado por los bien dispuestos monjes, hizo mucho por extender por Inglaterra la dominante influencia de Roma.

La maldad de los sacerdotes

En este tiempo, las condiciones en la iglesia profesante parecían estar degenerando, si ello fuera posible, hasta mayores profundidades. Clérigos de todo rango estaban lanzados a la lucha por la riqueza y el poder. La masa del pueblo era sumamente ignorante, y carente casi totalmente de espiritualidad. Menospreciando la educación, estaban a merced de los sacerdotes, que veían el valor de la ignorancia, y que buscaban, por todos los medios, limitar sus conocimientos. Se ha dicho con razón que Inglaterra, en el siglo doce, estaba gobernada por los sacerdotes. Los monasterios se habían convertido en palacios en los que los señoriales abades podían dar sus suntuosos agasajos y darse a sus culpables amores, protegidos por el fuerte brazo de Roma. El astuto sacerdote podía pretender agitar la llave de San Pedro en el rostro de su contrario, y amenazarlo con excluirlo del cielo y encerrarlo en el infierno si no obedecía a la iglesia. Era su pretendida santidad y su malvada perversión de las Escrituras lo que les daba tal poder sobre los ignorantes y los supersticiosos. Además, desde el emperador hasta el campesino, todo el interior del corazón de cada hombre y mujer pertenecía a la iglesia de Roma y estaba abierto al sacerdote. Ninguna acción, apenas si un pensamiento, eran escondidos al padre confesor. Los sacerdotes vinieron a ser así una especie de policía espiritual ante la cual cada hombre estaba obligado a informar contra sí mismo. Las terribles amenazas de excomunión de la iglesia y de las penas eternas del infierno obligaban al más soberbio corazón a entregar todos sus secretos. Luego, el dogma igualmente malvado y relacionado de las indulgencias, por el cual los pecados eran remitidos mediante una contribución a la tesorería de la iglesia sin necesidad del penoso o humillante proceso de la penitencia, trajo inmensas riquezas a las manos de los culpables sacerdotes. Y aquí se debe añadir lo dispuestos que estaban los sacerdotes a cometer crímenes mucho más graves que aquellos de los que con desgana absolvían a los cegados laicos. Pero si los sacerdotes regían al pueblo, el Papa regía a los sacerdotes. Todos le estaban sometidos, y tanto más cuanto que durante aquel tiempo se presentó de manera destacada el dogma de la infalibilidad papal. La «Bula de Infalibilidad» afirmaba que el Papa como cabeza de la iglesia no podía errar cuando enunciara solemnemente, como vinculantes para todos los fieles, una decisión sobre cuestiones de fe o de moral.

La culminación del poder papal

El siglo trece se distingue comúnmente como la era dorada de la gloria pontificia. En este siglo iba a cumplirse la gran ambición de los papas sucesivos desde el siglo quinto en adelante de establecer el trono de San Pedro por encima de todos los otros tronos. Fue el gran Papa Inocencio III, que poseía una astucia diabólica, el que sobrepasó los logros de todos sus predecesores y logró el dominio sobre los reyes de la tierra. No podemos siquiera mencionar los sucios medios de que se sirvió para alcanzar sus fines, ni hablar de los años de asesinatos y guerras con que alcanzó su meta. Los coronados sacerdotes de Roma se movieron con una mano maestra y con la aplicación infatigable de toda la maquinaria del papado, para que él mantuviera y consolidara la absoluta soberanía de la Sede de Roma. Durante este tenebroso período, Inglaterra iba a caer más que nunca bajo el férreo dominio de Roma.

Inglaterra bajo el interdicto papal

Tanto fue ello así que otro enfrentamiento entre el rey y el primado llevó a que toda Inglaterra quedara bajo el interdicto papal. (Nota 2.) Todas las actividades de la iglesia se suspendieron hasta que el interdicto quedara levantado, y Juan, Rey de Inglaterra, hubiera sido depuesto del trono, y esto por orden del Papa. Entonces, y como si esto no fuera suficiente, el Papa ofreció el trono vacante ¡al rey de Francia! Roma, como la mujer de Apocalipsis 17, estaba en verdad cumpliendo la profecía divina de que «reina sobre los reyes de la tierra».

Inglaterra se rinde a Roma, 1213

Juan, el rey depuesto, fue al principio rebelde y desafiante, pero más tarde se vio obligado a inclinarse humilde ante el Papa, e Inglaterra se rindió abiertamente a Roma. Esto tuvo lugar el 15 de mayo de 1213. ¡Pobre Juan! Había sido el más despreciable tirano que jamás se sentara en el trono de Inglaterra, y no pudo sobrevivir mucho tiempo a este fatal acontecimiento. Murió en 1216 (sólo unas pocas semanas después que el mismo Papa Inocencio), y murió, como ha dicho otro, «con un carácter sin redimir por una sola virtud solitaria».

Una nueva persecución contra los cristianos

Otra de las actividades de Inocencio fue emprender una violenta persecución contra las prédicas de Pedro de Bruys y de Pedro Waldo. Éstas habían dado un fruto maravilloso, hasta el punto de que se podían hallar seguidores de ellos en casi cada país de Europa. La persecución, conducida principalmente por el notorio Simón de Monfort, cayó primero sobre los cristianos del sur de Francia. Miles y miles fueron brutalmente asesinados en el distrito de Languedoc. Se debe observar que éste no era un ejército de la iglesia saliendo en santo celo contra los paganos, los mahometanos o los negadores de Cristo, sino la iglesia profesante misma contra los verdaderos seguidores de Cristo, contra aquellos que reconocían Su deidad y la autoridad de la Palabra de Dios. Esto era algo nuevo en los anales de la cristiandad; pero la inexpugnable obra de Dios salió a la luz exactamente de la misma manera en que había aparecido mil años antes en la fidelidad de los mártires. En un lugar los ejércitos papistas encontraron un número de cristianos, hombres y mujeres, orando y esperando pacíficamente su fin. Cuando se les presentó la doctrina de Roma como la única alternativa a la muerte, contestaron a una voz: «Nada queremos saber de vuestra fe; hemos renunciado a la iglesia de Roma. En vano os esforzáis, porque ni la muerte ni la vida nos hará renunciar a la verdad que mantenemos». También es interesante registrar que muchos de los valdenses y albigenses, como se les llamaba, huyeron a otros países, de manera que, por la gracia de Dios, el verdadero evangelio fue predicado en casi todos los rincones de la cristiandad.

La Inquisición

Fue al comienzo de estas guerras que fue fundada la Inquisición, el más terrible de los tribunales de este mundo, por influencia de Domingo, un monje español que había tenido parte destacada en la persecución contra los cristianos en el sur de Francia. Al principio su actividad era secreta, pero en el año 1229 fue reconocida públicamente su gran utilidad en la detección de los herejes, y el concilio de Toulouse la constituyó como institución permanente. Se ordenó que se establecieran inquisidores laicos en cada parroquia para detectar a los herejes, con plenos poderes para que entraran y registraran todas las casas y edificios, y para someter a los sospechosos a cualquier examen que consideraran necesario. La lectura de la Palabra de Dios fue públicamente prohibida por Roma, e incluso su posesión era considerada como un crimen capital. Este terrible tribunal fue introducido gradualmente en los Estados Italianos, en Francia, España, y en otros países, pero nunca se permitió su entrada en las Islas Británicas. No podemos aquí entrar en los detalles de la Inquisición. Es cosa harto sabida que las acciones más negras, la tiranía más arbitraria y las crueldades más inhumanas que jamás ennegrecieran los anales de la humanidad se perpetraron bajo la blasfema pretensión de que los inquisidores estaban manteniendo piadosamente los derechos de Dios en la iglesia.

Estamos ahora aproximándonos al profundamente interesante período de la Reforma, cuando no sólo el soberbio edificio de Roma iba a ser desafiado, sino también sacudido hasta sus mismos cimientos. La importancia de la Reforma y el puesto que ocupa en la historia de la iglesia hace necesario entrar en ella con más detalle que hasta ahora en esta historia.

4.- HISTORIA DE LA IGLESIA…

Las Cruzadas y el siglo XII

Las Guerras Santas — 1094—1270

Hacia finales del siglo undécimo, Satanás cambió de táctica. El papado había ganado poco con su lucha contra el emperador, y una cuestión a resolver era cómo el poder espiritual podría lograr un dominio total sobre el temporal. Las nuevas tácticas que el enemigo sugirió, por medio del genio malvado de Roma, fueron las Guerras Santas. Las ocho Cruzadas que constituyen las Guerras Santas se extendieron por todo el siglo doce y gran parte del trece. Aunque totalmente fallidas por lo que respecta al propósito para el que fueron instigadas, la parte que tuvieron en el desarrollo de la iglesia de Roma justifica alguna referencia a sus motivaciones y desarrollo.

El objeto de las Cruzadas

Habían llegado quejas de Tierra Santa por las afrentas y ultrajes sufridos por peregrinos al Santo Sepulcro, y el Papa Urbano no tardó mucho en darse cuenta de que Europa podría ser sangrada y agotada si se organizaban expediciones con el aparente motivo de rescatar el sepulcro de Cristo de manos de los infieles turcos. Esto le posibilitaría impulsar sus pretensiones temporales de una manera que ningún Papa había podido antes de él, porque los turbulentos barones y poderosos príncipes estarían fuera de su camino, y no habría nadie que se le pudiera oponer. Este plan, diabólicamente astuto, tenía una apariencia de justicia y de piedad, y los corazones de miles por toda Europa fueron atraídos por él. Se basaba en un emocionalismo y superstición sin frenos, y estaba rematado por una blasfema oferta papal de absolución de todos los pecados para todos los que tomaran armas en esta sagrada causa, y la promesa de la vida eterna a todos los que murieran en el intento.

La Primera Cruzada, 1094

En estas condiciones, no es sorprendente que una enorme horda de sesenta mil guerreros estuviera pronto lista para emprender la primera cruzada a Palestina. Aquella expedición estaba condenada al fracaso, y ni siquiera llegó a Tierra Santa, aunque dos terceras partes de aquel número murieron en el empeño. Los supervivientes fueron reorganizados un año más tarde y, después de una larga y sangrienta lucha, los cruzados lograron asaltar Jerusalén. La carnicería que siguió fue indescriptible, y la matanza de setenta mil mahometanos fue considerada como una buena obra cristiana.

La Segunda Cruzada, 1147

La segunda cruzada, unos cincuenta años después de la primera, fue planificada de manera mucho más cuidadosa. El número de participantes aumentó a más de novecientos mil hombres. Incluía (tal como era la intención original de Roma) dos emperadores —los de Francia y Alemania—, una hueste de sus nobles, y estaba apoyada por la riqueza y el poder de las naciones.

La predicación de Bernardo

La predicación de esta cruzada había sido confiada al famoso abad Bernardo de Claraval, cuya gran elocuencia y peso moral fue indudablemente útil para lograr tan gran número de los que se pusieron bajo la bandera de la cruz. Pero esta cruzada, como la primera, fue un fracaso miserable y humillante, y se estima que cerca de un millón de vidas se perdieron en la empresa.

La cruzada de los niños, 1213

No es necesario dar detalles de las cruzadas posteriores, aunque se puede hacer una referencia incidental de que entre la quinta y la sexta cruzada, hubo otra compuesta totalmente por niños, organizada por un muchacho pastor. Es triste registrar que este patético intento de conquistar a los infieles cantando himnos y rezando oraciones tampoco tuvo más éxito que las otras, y un gran número de los noventa mil niños que emprendieron la cruzada murieron de hambre o fatiga, o fueron vendidos como esclavos. Las mismas causas irrazonables y antiescriturarias, aunque galvanizadoras, y los mismos resultados desastrosos, se hacen evidentes en cada una de las expediciones, ello a pesar del hecho de que durante doscientos años fueron la fuente de una enorme riqueza y poder para la iglesia, y de incalculable miseria, ruina y degradación para las naciones de Europa.

San Bernardo y el monasticismo

Aunque la última cruzada nos lleva al año 1270, tenemos que retroceder cien años, y referirnos brevemente a la expansión de la vida monástica, en particular bajo la influencia de San Bernardo, abad de Claraval. Su predicación, que precedió a la segunda cruzada, y que ya ha sido mencionada, fue sólo una de sus muchas actividades. Por medio siglo apareció como líder y rector de la cristiandad —el oráculo de toda Europa. Aunque la idea del monasterio había existido desde los tiempos de Antonio, ya hacía ochocientos años, no hay duda de que el interés en el monasticismo fue sumamente estimulado durante la vida de Bernardo. A él mismo se le atribuye la fundación de ciento sesenta monasterios esparcidos por Francia, Italia, Alemania, Inglaterra y España. La vida en estos monasterios era extremadamente severa. Obrando bajo la piadosa pero engañada suposición de que cuanto más alejados estuvieran de los hombres, tanto más cerca estarían de Dios, los monjes se infligían a sí mismos todo tipo de tortura y sufrimiento. Bernardo sobresalía en esto, y pasaba el tiempo en soledad y en el diligente estudio de las Escrituras. El efecto del sistema monástico en general sobre el pueblo en las Eras Oscuras tiene que explicar su buena disposición a creer cualquier cosa que les dijera un monje, especialmente sobre el bien o el mal, sobre el cielo o el infierno, y el monasterio era incluso considerado como la puerta del cielo. Por engañado que estuviera Bernardo, y a pesar de lo que registra la historia de negativo en sus acciones, no se puede dudar que era un verdadero creyente. En realidad, su vínculo con el Señor tiene que haber sido real y de gran valía para él, o nunca hubiera podido escribir este himno:

¡Jesús! sólo en ti pensar
De deleite el pecho llena;
Pero más dulce será tu rostro ver
y en tu presencia reposar.

Detalles como éstos confirman la anterior referencia a la ininterrumpida hebra de plata de la gracia de Dios. Sin embargo, no se debe dar la impresión de que todos los monasterios llegaban a la norma de los que estaban bajo el control de Bernardo, ni que la condición de estos últimos se mantuvo igual tras su muerte. En general, las condiciones en ellos era lamentablemente mala.